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Análisis

54 Estados ante la transformación: ¿en qué punto está África?

De las estrategias digitales nacionales a los marcos prudenciales regionales, el continente organiza su transformación. Queda la pregunta que lo condiciona todo: ¿cómo medirla?

16 de mayo de 2025 · 4 min de lectura

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Michael Aim

Michael Aim

Fundador y CEO

La transformación digital ya no es una opción para las economías africanas: agricultura, industria, servicios financieros, administraciones públicas, todos los sectores se ven empujados a la vez por la competencia global, por la irrupción masiva de la inteligencia artificial en las cadenas de valor y por políticas públicas cada vez más estructuradas. Cincuenta y cuatro Estados, otras tantas trayectorias, pero en todas partes se produce el mismo cambio: de una transformación sufrida a una transformación organizada.

Tres motores que estructuran el movimiento

El primer motor es nacional: la mayoría de los Estados se han dotado de estrategias digitales, con agencias dedicadas, planes de identidad digital, digitalización de servicios públicos y apoyo a la economía digital. La calidad de ejecución varía, pero el marco existe y genera una expectativa: tanto las organizaciones públicas como las privadas se ven ahora obligadas a avanzar.

El segundo motor es continental: la zona de libre comercio continental africana acerca los mercados y empuja hacia la armonización. Para una empresa, exportar al país vecino se convierte en una perspectiva realista, aunque para ello debe poder demostrar que alcanza los estándares exigidos, ya sean sanitarios, de calidad o digitales.

El tercer motor, a menudo infravalorado, es normativo y sectorial. En el espacio UEMOA, el BCEAO regula los dispositivos de gobernanza, gestión de riesgos y adecuación de fondos propios de las entidades financieras; en la zona CEMAC, la COBAC desempeña el mismo papel. Los regímenes de protección de datos personales se generalizan y las exigencias en materia de ciberseguridad aumentan. Sector por sector, la exigencia se codifica, y por tanto, en principio, se vuelve medible.

Realidades muy dispares

Sobre el terreno, las diferencias siguen siendo considerables, entre Estados, entre sectores, e incluso dentro de un mismo sector. Un banco panafricano y una institución de microfinanzas no parten del mismo punto ante las mismas exigencias prudenciales; una cooperativa agrícola exportadora y una explotación familiar no viven la trazabilidad de la misma manera; una administración de la capital y una entidad provincial no disponen ni de los mismos medios ni de las mismas competencias.

Esta heterogeneidad no es un escándalo, es un punto de partida. El problema está en otro lugar: la mayoría de las organizaciones no saben con precisión en qué punto se encuentran. Los diagnósticos existentes son puntuales, realizados por consultoras con criterios propios, rara vez comparables entre sí y casi nunca objeto de seguimiento en el tiempo.

El eslabón que falta: la medición

Entre la política pública y la realidad operativa falta, casi siempre, un eslabón: la medición. ¿Cómo saber en qué situación se encuentra un banco frente a las exigencias de su regulador, antes de que lo diga una inspección? ¿O una cooperativa frente a los estándares de exportación, antes de que el cliente rompa la relación? ¿O una administración frente a su hoja de ruta digital, antes del balance de mandato?

La pregunta también vale para quienes financian. Los organismos internacionales de cooperación, los bancos de desarrollo y los programas públicos destinan medios considerables a la transformación del continente; sin una base de medición homogénea, el impacto de esa financiación se cuenta más de lo que se demuestra, y las decisiones entre beneficiarios se toman sin ningún instrumento de referencia.

Es precisamente el problema que resuelve un marco de referencia de madurez: convertir una exigencia, normativa o estratégica, en criterios medibles, medir a cada organización sobre esa base común y transformar después las diferencias en un plan de acción con fecha. La fotografía se convierte en trayectoria, y la trayectoria se puede pilotar.

Los servicios financieros, laboratorio de la medición

Si hay que señalar un sector de referencia, es el financiero. La región ha demostrado su capacidad de salto tecnológico con el dinero móvil, y la supervisión se ha estructurado allí más rápido que en otros ámbitos: dispositivos prudenciales de tipo Basilea II-III en la UEMOA desde 2018, exigencias de gobernanza y gestión de riesgos, procesos de adecuación de fondos propios. El marco existe; la cuestión ahora es la profundidad de su aplicación.

Y esta cuestión se plantea de forma distinta según el tamaño: un banco panafricano y una institución de microfinanzas viven las mismas normas con medios completamente diferentes. Es exactamente el caso de uso de una medición de madurez proporcionada: mismos criterios, lectura honesta de las diferencias, prioridades adaptadas a los medios reales de cada uno.

Por dónde empezar

La experiencia sugiere un orden sencillo. Primero, elegir el marco de referencia adecuado: el del regulador cuando existe, o un marco sectorial reconocido si no lo hay. Después, medir sin esperar a estar preparado: un primer diagnóstico imperfecto pero estructurado vale más que un estado de situación ideal que siempre se aplaza. Por último, institucionalizar el ciclo: reevaluar a intervalos regulares, sobre la misma base, para que el progreso se vuelva visible y demostrable.

Es la convicción que estructura nuestro catálogo: los marcos BCEAO / UEMOA y BEAC / CEMAC representan por sí solos 39 marcos de referencia listos para usar, junto a los marcos internacionales de ciberseguridad, datos o sostenibilidad. La transformación africana merece algo mejor que hojas de cálculo: merece instrumentos.